Boris Cyrulnik (neuropsiquiatra): Cómo vivir mejor…

Publicado por la página CEANIM en Facebook  (Fuente: Diario El Mercurio)

El progreso, para “el Papa de la resiliencia” según los medios franceses, ha traído múltiples beneficios: mejores índices de salud, una mayor esperanza de vida y sobre todo la oportunidad de realizarse personalmente. Pero esas ventajas están contrarrestadas por un exitismo que tiene a un número creciente de personas sumidas en la depresión. Cómo evitar esa tendencia y vivir mejor: “Hay que cultivar la cultura de barrio”, dice Cyrulnik. 

Daniela Mohor W.

Ilustración: Francisco Javier Olea

Hay un dato que al francés Boris Cyrulnik -neurólogo, psiquiatra, etólogo y uno de los fundadores del concepto de resiliencia- le está llamando la atención: en las sociedades occidentales, las mujeres están desarrollando un nuevo tipo de depresión: la depresión preparto.

-Antes uno veía a una de cada cuatro mujeres tener depresión post parto. Hoy, esa cifra aumentó a un 33 por ciento, es decir una de cada tres. Pero sobre todo, vemos a mujeres tener depresiones preparto. Eso significa que para ellas la idea de traer un hijo al mundo las angustia tanto que se deprimen. Antes, tener un hijo era una promoción. Hoy muchas veces es fuente de angustia. En el Occidente, cada vez más mujeres optan por no tener hijos. Es el caso de un cinco por ciento en Francia y cerca de un 10 por ciento en Estados Unidos y Canadá. Ellas encuentran que es demasiado difícil, mientras que antes cuando una mujer tenía un hijo, se ponía en marcha la solidaridad de las mujeres en torno a la guagua y de los hombres para ir a trabajar en los campos, la fábrica o la mina. Y todo eso hacía que se sintiera protegida.

El caso de las mujeres en edad reproductiva, ilustra para Boris Cyrulnik un fenómeno mucho más amplio: el progreso, la modernidad, dice, han traído múltiples ventajas y permitido el “florecimiento” personal de los hombres y, sobre todo, de las mujeres. Pero también ha llevado a una mayor soledad.

-Hoy, el desarrollo de hombres y mujeres es mucho mayor que antes: podemos estudiar, aprender una profesión, cambiar de profesión, divorciarnos, cambiar de pareja, recorrer el mundo. Pero en caso de problema o desgracia, estamos solos. Perdimos nuestro tranquilizante natural.

El ocaso de la solidaridad

A los 76 años, Boris Cyrulnik es un hombre que ha podido ver la evolución de la salud mental de las sociedades occidentales en primera línea. Lo ha hecho desde su formación como neuropsiquiatra, desde la práctica -trabajando durante 40 años en hospitales-, y desde su propia experiencia, como sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial. Su trabajo sobre el concepto de la resiliencia -la capacidad de reponerse y salir fortalecido de eventos adversos- lo lleva a participar regularmente en conferencias internacionales, donde debate con sus pares, pero también con historiadores, sociólogos, antropólogos. El cruce de esas miradas le permite hacer un diagnóstico de la realidad de hoy.

-En Chile y en Francia, mucha gente toma ansiolíticos: ¿cuáles son, en su opinión, las fallas de la sociedad moderna y qué tipo de vida cree que la gente quisiera vivir y no logra tener?

-Cuando uno compara la sociedad moderna con la antigua, en la antigua los niños morían mucho más -en Francia hasta fines del siglo 19, en algunas regiones nueve de cada 10 niños fallecían antes de cumplir el año-, las mujeres vivían en promedio 36 años y los hombres vivían un poco más, pero lisiados o con infecciones. Es decir que la vida era mucho más dura, pero había una solidaridad, un grupo social que era a la vez una protección y un constreñimiento. Era una protección porque cuando alguien se enfermaba, los demás trabajaban por él e igual le daban comida. Pero era un constreñimiento, porque no había ninguna posibilidad de desarrollarse fuera del grupo.

Hoy, explica Cyrulnik, la situación se ha invertido.

-La muerte de los niños es rara (uno de cada diez), una de cada dos mujeres va a vivir más de 100 años y los hombres viven más tiempo también y sobre todo en mejores condiciones. Antes todos los hombres morían polifracturados por el tipo de trabajo que hacían. Entonces, vivimos el contrario de antes, pero a la vez la solidaridad de grupo es mucho menos fuerte. Eso tiene un beneficio: hombres y mujeres tienen la posibilidad de desarrollarse personalmente de manera extraordinaria. Pero en caso de desgracia, uno está solo. Y ahí aparecen las depresiones y los intentos de suicidios.

-Pero pareciera que la gente se siente sola no solo en los momentos difíciles o de desgracia. Da la sensación que cada vez más gente tiene una vida cómoda, es saludable, pero siente un vacío.

-Absolutamente. Esa es la definición del burnout, es decir de la depresión por agotamiento profesional, porque hacemos demasiadas cosas. Vamos demasiado rápido, vivimos demasiado intensamente y perdimos el ritmo que alternaba, hasta ahora, trabajo y placer, trabajo y relajo, duelo y fiesta. Eso se perdió. En el Occidente hicimos del éxito social un valor, y lo es. Pero es un valor que cuesta muy caro, porque vemos un número creciente de burnouts y sobre todo de depresiones preparto en las mujeres.

Boris Cyrulnik explica que existen dos tipos de personas: a las que les encanta el exitismo -que él llama el “sprint”- y necesitan estimulaciones muy fuertes para “sentirse vivas”. Las describe como gente que toma riesgos, hace deportes de alto impacto, incursionan en aventuras sociales riesgosas, crean empresas.

-A ellos les gusta esa excitación que les da la sensación de estar más vivos y no se deprimen. Pero hay otra mitad de la población a la que le gusta la rutina y vivir tranquila. Gente a la que el exitismo la lleva al burnout y a la depresión. Y vemos que eso está en aumento y entre las mujeres, que se deprimen tres veces más que los hombres, hay un incremento también a pesar de su mayor florecimiento. Aunque el marido sea buena persona, aunque tengan buenos sueldos, aunque los niños sean lindos, el “sprint” las pone demasiado en alerta y desgasta el mecanismo biológico de respuesta al estrés.

El “tranquilizante natural” que Boris Cyrulnik dice que perdimos es el contacto con los demás. Explica que mientras trabajaba como residente en psiquiatría, vio depresiones de una severidad que ya no existe hoy: generalmente se trataba de hombres solteros que vivían en el campo, aislados del grupo del pueblo más cercano. Hoy, en cambio, la urbanización ha permitido moderar esos trastornos.

-Esas depresiones eran espantosas y ya no se ven, porque ahora un hombre soltero cuando siente llegar la angustia puede salir al café de la esquina, caminar por las calles y ver que hay vida alrededor suyo. Eso le sirve de tranquilizante. Y eso significa que el ambiente de trabajo y el medio humano juegan un rol crucial en el gatillamiento de la depresión y también en la protección contra ella.

La era de la perversión narcisista

El año pasado, Boris Cyrulnik publicó en Francia el libro “Sálvate, la vida te llama”, que aún no ha sido traducido al español, pero que causó revuelo en su país. Se trata de una autobiografía en la que repasa por primera vez para el público la totalidad de su tragedia personal y reflexiona sobre cómo logró salir de ella y superar las adversidades -la muerte de su padre en Auschwitz y de su madre poco después, su estadía en hogares de menores, las distintas veces en que sobrevivió a razias de los nazis-. El relato no es lineal y él lo pensó como una investigación sobre sus recuerdos de niño para entender mejor cómo funciona la memoria traumática. Inevitablemente implicó una reflexión sobre el concepto de identidad. Un concepto al que el neuropsiquiatra se refiere también cuando analiza la sociedad actual.

Boris Cyrulnik dice que el exitismo, el “sprint” del que habla, no solo provoca depresión y burnout. De manera más global está llevando a un tipo de sociedad que puede sonar preocupante y que tiene que ver con la manera en que las personas construyen su identidad y su relación con los demás.

-¿Siente que hoy estamos construyendo esa identidad en función de valores prestados?

-No, no diría eso. Creo que la identidad siempre es una imagen externa que uno interioriza: me encantaría ser como esa mujer; me gustaría tener la profesión de mi papá. Esa imagen externa la convertimos en parte de nosotros mismo. Y eso es necesario, si no no hay solidaridad familiar, no hay sentimiento de pertenencia a un grupo. Pero también es peligroso, porque si esa identidad es cerrada, si ignoramos los otros idiomas, las otras religiones o la desgracia de los demás, estos no tienen ninguna importancia. Y esa es la definición de la perversión. Se habla mucho en las sociedades occidentales de la perversión narcisista, y yo creo que el aumento de esa perversión se debe al sprint, a la realización personal, esto de que soy tan lindo y tan inteligente, que las mujeres quieren ser todas modelos. Hay una sobreevaluación del éxito social en detrimento de la solidaridad de grupo.

-¿No cree en las comunidades virtuales, en las redes que se pueden armar en internet?

-No mucho, pero parece que me equivoco. Dicen incluso que muchas parejas se arman ahora a través de la pantalla y al parecer hasta durarían más que las parejas “espontáneas”. Solo estoy repitiendo lo que me han dicho. Yo creo que la comunicación hoy es asombrosa, impresionante. Es un progreso inmenso. Cuando se inventó la imprenta fue un tremendo progreso también, porque los hombres que aprendían a leer compartían el conocimiento y eso hizo que las relaciones de jerarquía ya no fueran aceptables. Internet también permite compartir el conocimiento, aunque lleve a generar rumores. Pero no es una relación, no es una afección. O sea, yo nunca he visto a mi computador sonreírme, alentarme a algo o fruncirme el ceño. No permite aprender los rituales de interacción que nos permiten vivir juntos. Por eso vemos cada vez más jóvenes con trastorno de la empatía, y la desaparición de la empatía es la definición de la perversión: Solo importa mi placer, mi goce. Aunque eso implique destruir a otro.

-A la vez, hay elementos de la tecnología que permiten acercar otras realidades que parecían antes más lejanas, mostrar lo que ocurre en otras partes del mundo. ¿Eso no ayuda a empatizar?

-No, creo que tiene más bien que ver con un contagio emocional. Es decir, vemos una inundación y nos emocionamos si un periodista o Internet nos pide emocionarnos. Pero pregúntele a la gente qué recuerdan de las tragedias de los últimos años, todo el mundo olvidó. En seis meses más, nadie se acordará de lo que ocurrió en las Filipinas. En Francia ya no se habla de Afganistán, ni de Mali. Yo sé qué ocurre allá porque vivo en Toulon (en el sur de Francia) y recibo a militares que vuelven de Mali con síndromes postraumáticos, porque las guerras hoy matan menos pero provocan más trastornos psíquicos. Yo lo sé, pero como la prensa e internet no hablan de Mali, se acabó: ya no es una emoción compartida. Lo que entra en la cultura es selectivo. Se habla de la muerte de un niño en un caso que conmociona, pero no de los millones de otros que están en la misma situación.

Recrear una aldea

En este contexto, Boris Cyrulnik dice que hay que adoptar lo mejor de ambos mundos: el antiguo y el actual.

-No ha habido ningún progreso que no tuviera efectos secundarios. Todos los grandes descubrimientos los tuvieron: los remedios, la imprenta… E internet es un progreso inmenso que también los tiene, entonces creo que hay que conservar las máquinas, pero combatir sus efectos secundarios, es decir cultivar la cultura de barrio y sobre todo no pasar más de tres horas diarias delante de una pantalla.

-Ha habido intentos de volver a vivir en comunidad y está la cultura del “slow movement”. ¿Cree que esas son respuestas posibles para vivir mejor?

-Sí, se puede volver al campo y hacer una comunidad, aunque en los años 70 todas las comunidades hippies fracasaron. Pero los africanos dicen que se necesita una aldea para criar a un niño. Y creo que se puede, o más bien se debe volver a hacer una aldea. Y esa aldea se puede construir en el campo, pero en la ciudad también. Es decir, que hay que reintroducir una cultura de la proximidad. No la cultura del fondo mutuo a 10 mil euros o del concierto de Johnny Halliday (popular cantante de rock francés). No. Hablo de la cultura de barrio, de las asociaciones, de las fanfarrias de mala calidad, del futbolista con guata, de la gente que se ayuda entre ella.

Cyrulnik vuelve a su infancia para ilustrar la idea. Dice que en esa época, cuando un agricultor podía comprar una máquina cosechadora todos se agrupaban en torno a ella. La vida del pueblo entero -mujeres y niños incluidos- funcionaba según la cosecha; todos trabajaban y luego celebraban.

-Y la cosechadora pasaba por todas las granjas, una tras otras, y todos los hombres seguían la máquina y cosechaban para los demás. Entonces había una solidaridad del esfuerzo y también una solidaridad de fiesta, porque después de la cosecha todos celebraban.

En el mundo obrero, dice Cyrulnik, sigue existiendo la solidaridad. Y entre la élite más educada existe una “solidaridad del dinero”: los padres pagan para que los hijos puedan estudiar y viajar y la familia se junta cada cierto tiempo en la casa familiar o la segunda residencia en el campo.

-Es solidaridad aunque no sea de proximidad. Pero funciona igual -asegura.

Sin embargo, lo que más resultados ha dado, según él, es lo que ha visto ocurrir de manera incipiente en ciertas partes de Francia.

-Hay una cultura que hace aldeas en las ciudades, es decir que se reconstruyen casas antiguas que se vinieron abajo en vez de seguir construyendo poblaciones que son exclusiones de los pobres condensadas en lo que llamamos torpemente “ghettos” urbanos. Ahora se arreglan las viejas casas y estamos viendo reaparecer al panadero, al carnicero, la gente de distintas edades que se ayuda. No es necesario hospitalizar a los viejos porque en esta vida de aldea, la enfermera o el médico del barrio bastan. La gente ayuda a construir la casa de la pareja recién casada o a arreglar el techo de los más viejos. Esa solidaridad de aldea urbana que se está dando se ha evaluado y está demostrado que protege, que funciona bien.

-Se trata entonces de volver a conectarse con los placeres sencillos, de aprender a disfrutar de las cosas.

-Eso es. Pero hablamos del placer real. Del placer del contacto, del placer de la invitación a comer, de la caminata. Estamos viendo el resurgimiento del deporte de bajo nivel. La gente se inscribe en clubes para hacer caminatas o para bailar y ninguno de ellos quiere convertirse en campeón o ser célebre. Simplemente quieren encontrarse con gente, caminar, bailar, organizar comidas entre amigos. Y creo que es una buena solución, porque es una estrategia que permite a la vez conservar los beneficios de internet y volver a desarrollar el beneficio de vivir juntos. Permite combatir los efectos secundarios de las pantallas.

“Hicimos del éxito social un valor, y lo es. Pero cuesta muy caro porque vemos un número creciente de burnouts y de depresiones”.

“Internet no es una relación, no es una afección. No permite aprender los rituales de interacción que nos permiten vivir juntos”.

“Vamos demasiado rápido, vivimos demasiado intensamente y perdimos el ritmo que alternaba, hasta ahora, trabajo y placer, trabajo y relajo, duelo y fiesta”.

“Hay que reintroducir la cultura de barrio, de las fanfarrias de mala calidad, del futbolista con guata, de la gente que se ayuda”.

Boris Cyrulnik, neuropsiquiatra

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