CEANIM – Autoencierro adolescente: la silenciosa revolución de los hikikomori

Por considerarlo de gran importancia para los interesados en la salud de la niñez, la adolescencia y la juventud, reproduzco íntegramente esta nota publicada en la página CEANIM en Facebook.

Centro de Estudios y Atención del Niño y la Mujer

 

Autoencierro adolescente: la silenciosa revolución de los hikikomori

Videojuegos y un computador conectado a internet es todo lo que necesitan los hikikomori (autorrecluidos) para poder vivir durante meses -incluso años- en la comodidad de su habitaciones. Ellos, acondicionados en un nueva modalidad de hermetismo, surgieron como una revolución silenciosa ante las exigentes demandas de la sociedad japonesa que valora, por sobre todo, el trabajo y el éxito.

Tamaki Saitô es un psicólogo japonés considerado la principal eminencia en este síndrome. Lo denominó hikikomori -en 1998- después de tratar a jóvenes nipones -la mayoría, hombres primogénitos- que decidieron aislarse por decisión propia en sus habitaciones. Desde entonces, y tras establecer los criterios para el diagnóstico, ha visto a casi dos mil casos con este cuadro, que, según postula este terapeuta del hospital Sofukai Sasaki, de Funabashi, encierra un “profundo temor social”.

En España, el fenómeno hikikomori se conoce como “Síndrome de la puerta cerrada” y en Argentina como “Síndrome por autoencierro”. En diálogo con “El Mercurio”, Sonia Almada, psicóloga clínica y docente en la Universidad de Buenos Aires, y que asiste e investiga a jóvenes en esta situación, explica su universo: “Este síndrome es una nueva forma de protesta que eligen los adolescentes y que guarda un trasfondo de dolor y temor que los paraliza y recluye a los confines de una habitación. Se trata de una modalidad del comportamiento que afecta a jóvenes -de entre 13 y 18 años al momento de la reclusión- que pueden encontrase sin salir de sus habitaciones durante 1 a 8 años al momento del tratamiento”.

La incapacidad de los padres de conversar con sus hijos asoma como una causa. Almada, autora de los libros “Infancias y Adolescencias” (Sarmiento, 2009) y “Síndrome por autoencierro” (Roche, 2008), señala que los padres, a menudo, aceptan este autoencierro como algo inevitable. Agrega que ha asistido casos en Argentina, Colombia, Venezuela, Chile y Perú. La licenciada asevera que en Latinoamérica los jóvenes están optando por el autoconfinamiento porque lo ven como una salida posible al no sentirse preparados para enfrentar las exigencias del mundo exterior.

En la cultura pop

Celia Romea es docente del Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Barcelona, y consigna a “Vidactual” que en España se están formando “adolescentes antisociales” que pasan la mayor parte del día “enajenados con la obligación de ser los mejores -estudiando o trabajando-, sin detenerse a generar vínculos de amistad”. La opción que tienen para comunicarse es interactuar mediante chats o programas de mensajería, como WhatsApp. “Ahí tienen la posibilidad de controlar lo que quiere que se sepa de ellos. Viven en una segunda vida, y si en el exterior encuentran una tendencia progresiva hacia la hostilidad, prefieren quedarse a solas con la tecnología”.

Romea manifiesta que en “La Metamorfosis” de Kafka existe un paralelo para entender este fenómeno. “Esa novela trata del aislamiento como refugio, de la marginación, de cómo el ser humano se está deshumanizando al no ser comprendido. Para reflejar esta situación, Kafka convierte a su personaje principal en un insecto. Los hikikomori comparten esta transformación porque su actitud supone una huida hacia dentro, una rebeldía contra una sociedad que ofrece poco, o lo que ofrece está preestablecido y requiere sacrificio estudiantil o laboral”.

La serie animé “Welcome to the N.H.K.” (2006) cuenta la historia de un adolescente que abandonó sus estudios universitarios por una presunta agorafobia que lo llevó a confinarse y relacionarse solo mediante su computador. Geraldy Cañete, otaku y bloguera del sitio Kiss My Bit, suma que este animé muestra la incapacidad de establecer relaciones que tienen algunos jóvenes en Japón. “Una existencia virtual es la posibilidad de tener otra vida, donde las interacciones son aparentemente cercanas gracias a la instantaneidad de la comunicación”, consigna.

En el libro “Hikikomori: Adolescence without end” (University of Minnesota Press, 2013), de Tamaki Saitô, se puntualiza que las familias de los hikikomori suelen ser de economía desahogada. Los autoconfinados, subraya, cuentan con aparatos conectados a internet -videojuegos, portátiles, smartphones – que sustituyen la interacción humana por el diálogo con las máquinas.

“Los hikikomori son adolescentes de clase media y alta que tienen su propia habitación y una buena conexión a internet. Sus padres suelen mantener una actitud pasiva frente a su conducta. Su relación con ellos consiste solo en alcanzarles comida por debajo de la puerta”, puntualiza Valeria Meiller, licenciada en Teoría Literaria por la Universidad de Buenos Aires y coeditora de la editorial argentina Dakota, donde publica a autores -como Tao Lin y Ellen Kennedy- que comparten similitudes con los hikikomori. “La escritura se caracteriza por un tono apático relacionado al encierro y la inacción. Eso lo mezclan con registros de chats y fragmentos de e-mails. Esta narrativa, denominada Alt Lit, habla sobre la alienación en la sociedad tecnificada y las nuevas tecnologías que nos permiten tener una relación virtual con el medio”.

Ana Guajardo es administradora en turismo y cultura y organizadora de “Fan Viña”, una feria anual sobre cultura japonesa realizada en la Quinta Región. Hace una semana regresó de un viaje por Japón. “En mi estadía conocí dos casos de hikikomori. Uno de estos chicos había fallado en los exámenes para entrar a la universidad, y se avergonzaba mucho de eso. En Japón el tema de la decepción es muy fuerte comparado con Chile. Es un rechazo social completo”.

-¿Conoces casos de autoencerrados en Chile?

“En Valparaíso conocí un caso similar. Un muchacho que si bien asistía a clases de Ingeniería en Informática en la PUCV, cuando llegaba a su casa lo único que hacía era estar en ‘Ragnarok’, un juego online donde tienes un mundo que explorar y puedes hacer lo que quieras. Después de unos meses terminó absorbido. Pasaba pegado en ‘Ragnarok’, y la universidad ya no era tema: no asistió más. Se encerró en su pieza y apenas salía al baño. Un día tuvo que ir al centro, y las rodillas le fallaron. Se las había dañado. Estuvo seis meses en terapia con un kinesiólogo para recuperarse”.

César Leiva lleva 16 años como locatario en la tienda de merchandising “Zaga”, del Eurocentro. Asegura que siempre está atento a lo que conversan sus clientes. “Hay clientes que comentan entre ellos que se recluyen en sus piezas solo a consumir animé y videojuegos. Los papás, cuentan mientras conversan, los consienten, y no los incentivan a buscar trabajo”, comparte.

Ricardo Morales trabaja en la tienda “Juegomanía” del mismo recinto, y asegura que el primer verano que salió del colegio pasaba encerrado viendo animé. “Me alimentaba de sopas instantáneas o cosas que se pueden calentar en el microondas. En esa época vivía con mi familia, y estaba en vacaciones”. Agrega que vislumbró que esta conducta compartía similitudes con los hikikomori cuando leyó una reseña sobre “Welcome to N.H.K.”. Recuerda: “El protagonista se encerraba por temor a la sociedad. Pienso que esto se da por timidez. A los jóvenes se les exige harto. Se les pide que tengan una vida y un trabajo como la sociedad lo demanda”.

Andy Furlong, doctor y bachiller en Ciencias de la Universidad de Glasgow, en entrevista con “Vidactual” complementa: “Este fenómeno está probablemente vinculado a los cambios en la educación y el mercado laboral, y también a las dificultades que enfrentan los jóvenes al incorporarse a un mundo cada vez más caracterizado por la incertidumbre. Esto no es solo un problema impulsado por las expectativas de los padres. Ellos, sí, pueden ser cómplices de la retirada social de sus hijos”. La psicóloga Sonia Almada remata: “La asistencia e investigación de los casos muestran que la caída de la autoridad -de los padres como reguladores- hace que muchos jóvenes sientan que no pueden sostener las exigencias de la vida, y por ello eligen una manera de no vivir: el autoencierro”.

La escritora española Luna Miguel, que en su obra bordea el tema de los hikikomori, precisa la influencia de la tecnología en el síndrome de autoencierro: “Nos encerramos en nuestros ordenadores, iPhones o tablets, pero en realidad nos abrimos de algún modo al mundo a través de internet. Es como encerrarse, pero para observar”.

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